Hace poco corrí mi primera maratón y aunque obviamente aprendí mucho sobre correr y sobre mi cuerpo, los aprendizajes más importantes fueron a nivel mental y los quiero escribir aquí.
Primero un poco de contexto: llevo mucho tiempo corriendo pero la vida me llevó a convertirme en una persona sedentaria durante un par de años. Luego volví a empujarme a correr y fue así que en noviembre de 2024 decidí que en septiembre de 2025 correría la maratón de Medellín. He corrido muchas carreras pero nunca un reto tan grande. Desde enero empecé a prepararme y estas son solo 5 cosas de las muchas que aprendí.
1. El trabajo duro lo es todo
Obviamente esto no fue un logro que conseguí a la ligera. Me preparé casi un año para lograrlo y 4 meses de un plan estructurado para llegar en la mejor condición física que he tenido en mi vida. Aunque el día de la carrera todo importa, no es una carrera que se corre solo ese día, es una carrera que se corre desde mucho antes. Y a veces siento que así es todo en la vida. Todo lo que he vivido me ha llevado a estar donde estoy, el esfuerzo que uno hace cada día muchas veces no lo valora en el momento pero ese esfuerzo multiplicado por muchos días es lo que nos lleva a lograr grandes cosas. No hay atajos. No hay trucos mágicos. Solo constancia y disciplina.
2. No importa quién crea mientras tú creas
Aunque no hablo mucho de mí, cuando surgía el tema de la carrera nacía una conversación prácticamente con todo el mundo. Todas las personas me daban mucho ánimo pero yo sé que en el fondo muchas no lo creían. A algunas hasta las escuché decirlo, aunque no se enteraron. Pero no importa, no las culpo, yo mismo miro el mapa del recorrido y a veces no lo creo y eso que ya la corrí. El caso es que no importa si la gente cree en uno. Uno tiene que creer en uno mismo y más allá de creer, hacer lo que considera correcto para lograr lo que quiere. Si haces eso, lograrás grandes cosas. Y si no las logras, igual mejorarás en el camino, lo cual ya es ganancia.
3. Los grandes logros implican soledad
El mismo día también se corrieron las carreras de 21K y de 10K y hubo un momento en especial que me pareció muy profundo y reflexivo: cuando los recorridos de 21 y 42 kilómetros se separan. En ese momento se siente una soledad especial. Mucha gente de la que apoya a lado y lado de la calle queda atrás. Se siente un silencio que por momentos asusta. Empiezas a ver menos corredores a tu lado y es por una razón: estás siguiendo una meta muy grande. No digo que 21, 10 o 5 kilómetros no lo sean—yo he estado ahí y para mí lo fueron—pero esta distancia se siente especial. Y siento que así es la vida. A medida que te acercas a lograr grandes cosas, te vas quedando más solo porque no todos están en el momento de alcanzarlas. Y eso está bien, no es algo triste, es simplemente parte del proceso. Cada persona tiene su propio ritmo y sus propias metas.
4. En el mundo hay mucha gente buena
Me emociona mucho la gente que sale a animar a los corredores. Les dan snacks para que recarguen energía, les ofrecen agua, los alientan. Hay niños con las manos extendidas para chocarlas, familias enteras con pancartas, gente tocando música en las esquinas. No los conoces. No te conocen. Pero están ahí, para apoyarte. Para gritarte "¡Vamos, tú puedes!" cuando más lo necesitas, especialmente en esos kilómetros finales cuando el cuerpo grita que pare pero la mente tiene que empujarlo. Esa energía colectiva, ese apoyo desinteresado, me recordó algo importante: en medio de tanto ruido negativo, hay mucha gente buena en el mundo. Gente que celebra tus logros sin conocerte, que te da una sonrisa o un grito de ánimo justo cuando estás pensando en rendirte. Eso restaura la fe en la humanidad.
5. Si pude con esto, puedo con todo
Hay un momento en la maratón, alrededor del kilómetro 32, donde todo duele. Las piernas pesan como plomo, la mente empieza a negociar contigo ("¿y si caminas un poco?") y la meta parece inalcanzable. Es el famoso "muro" del que todos hablan. Y en ese momento tienes que decidir: o te rindes, o sigues. Yo seguí. Y cuando crucé esa meta, cuando vi la medalla y supe que lo había logrado, algo cambió en mí. No fue solo la euforia del momento. Fue la certeza profunda de que si pude con eso—con meses de entrenamiento, con las dudas, con el dolor, con la soledad de esos últimos kilómetros—puedo con cualquier cosa que me proponga. Es una confianza que no se compra ni se hereda. Se gana, kilómetro a kilómetro, paso a paso. Ahora cuando enfrento cualquier reto, personal o profesional, me acuerdo de ese kilómetro 32. Me acuerdo que seguí cuando todo me pedía parar. Y eso me da fuerza para seguir en lo que sea que venga.
Correr una maratón fue físicamente demandante pero mentalmente transformador. No sé si volveré a correr 42 kilómetros pero sé que lo que aprendí en esas horas de carrera me acompañará el resto de mi vida. Si estás pensando en un reto grande, sea cual sea, mi consejo es simple: créetelo, prepárate bien y arriésgate. Es la única forma de lograr las cosas y si por alguna razón no logras exactamente lo que buscas, seguro que te convertirás en alguien mejor en el intento.